Paladar 100 - Mierda
Miedos nuevos (o jóvenes). Hombres, mujeres, crianza, perros. Un tema de Silvio Rodríguez. Tener que decir que no. Un repaso por el pasado. ¿Se puede proteger a una hija?
Cruzo la calle y saco el celular del bolsillo; tengo once minutos para llegar al jardín. Calculo y apuro el paso. Unos metros más adelante, una chica camina junto a la pared. Guardo el celular y pongo las manos en el bolsillo de la camperita. La primavera es fresca a esta hora de la tarde, cuando el sol baja y el viento sube desde la playa. Acelero. No llego. Acelero y tengo que esquivar el árbol y a la chica para poder ir más rápido. Acelero y cuando doy el último paso antes de dejarla y dejarlo atrás, ella se paraliza, frena, alerta. Y yo me doy cuenta.
Mierda, pienso, mientras sigo adelante.
Mierda.
Costumbre de periodista, abro los portales todos los días, varias veces al día. Desde la cama, en el celular; en la computadora, cada vez que me siento a trabajar. Algunos portales de Argentina, otros de Uruguay, a veces uno de España. Todos los días, entre chicanas políticas, subas del dólar, crisis, famosos, bombas y deuda externa, encuentro lo mismo. Una mujer asesinada, otra desaparecida. A veces, un hijo como botín, o como revancha. Abusos. Acoso. Juicios que avanzan y retroceden. Pruebas que aparecen o se pierden de pronto. Chicas muertas.
Cuando estábamos en Buenos Aires y buscábamos jardín para nuestra hija, que todavía no había cumplido dos años, me surgió una obsesión. Recuerdo la entrevista con la directora del jardín que finalmente elegimos. La directora hablaba del espacio, de los patios, de las rutinas, del enfoque pedagógico, de los valores de la institución. Todo estaba bien, dentro de lo que nosotros buscábamos, y la directora nos preguntó si queríamos saber algo más, si teníamos dudas, alguna pregunta.
–Sí –dije–. Quiero saber cómo manejan acá el tema ESI.
Ella me miró, algo sorprendida. Me dijo que la ESI era ley y que formaba parte del programa del ministerio de Educación.
–Eso ya lo sé, pero también sé que algunos jardines no la implementan, que no están de acuerdo.
–Acá lo implementamos porque es parte del programa. Pero además, estamos de acuerdo.
Después me contó cómo se trataba la ESI en cada etapa, según la edad, la sala. El reconocimiento del cuerpo propio y ajeno; las estrategias lúdicas; la diversidad corporal y de las familias; la importancia de saber decir que no.
Decir que no, pensé. Tener que decir que no.
Hay una pelea cotidiana, constante, con nosotros mismos y con la familia. Salir de los estereotipos. Dejarlos atrás. Desde la ropa a los juguetes, los libros, las formas, las palabras, los ejemplos.
Los ejemplos.
Quién lava, quién cambia pañales, quién baila, quién limpia, quién cocina, quién canta, quién abraza, quién hace las compras, quién paga, quién duerme, quién juega, quién lleva, quién contiene, quién ordena, quién mima, quién pone límites, quién prepara, quién cede; que todo pueda ser en plural.
Esto no va a hacer que el mundo sea menos injusto, lo sabemos los adultos de la casa. Pero va a mostrar, al menos, cierta equidad dentro de la vida, algo que resuene adentro cuando no lo vea afuera.
Hay miedos que no tenía antes de ser papá. Es obvio, pero es. Que le pase algo a mi hija es un miedo nuevo, o al menos joven: ya tiene ocho años. Son miedos que antes eran ajenos y que se hacen propios, que aparecen, se te pegan en el cuerpo, a la piel, dan vueltas por la cabeza. Cuando sos papá de una nena, de una mujer, los miedos se multiplican. Basta tener amigas, pareja mujer, mujeres en la familia o abrir un portal de noticias para saber de qué se trata. Miedo.
Ese miedo a que alguien que va apurado por la calle para llegar al jardín de su hijo te pase de pronto y vos pienses otra cosa, una cosa que pasa demasiado seguido.
Y te paralices.
Fui criado en una época en el que no se cuestionaba –o se cuestionaba por lo bajo– que en el Día de la Madre las publicidades fueran de electrodomésticos: artefactos para cocinar, para limpiar, para hacer más eficiente la tarea de la mujer. Fui criado en una época en la que macho era el valiente, el que no lloraba, el que lograba imponerse por la fuerza, el que mantenía económicamente a su familia. Fui criado en una época en la que se celebraban las aventuras de los hombres –incluso en los programas de televisión abierta– y en las que una infidelidad de una mujer era transformada en prostitución. Fui criado en una época en la que no había mujeres en la política, y de las pocas que llegaban había que sospechar. Fui criado en una época en la que era raro –estaba mal– que una mujer no quisiera ser madre. Fui criado en una época en la que colores y juegos se elegían según el sexo biológico. Fui criado en una época en la que si la mujer trabajaba todo el día era una mala madre.
Algunas cosas podrán parecer chiquitas al lado de otras, pero siento que muchas chiquitas hacen una bola enorme, imparable, que horada internamente, que perfora cabezas y cuerpos.
¿Cómo no vamos a ver lo que vemos, a escuchar lo que escuchamos, a temer lo que tememos, si todavía todo eso pasa, y pasa mucho más cerca de lo que imaginamos?
A veces soy pesimista. Leo los diarios, veo las redes y no veo posibilidad de mejora. ¿Cómo cambiar a una persona joven o adulta, nacida y criada con este presente, con este pasado, con esos familiares, docentes, gobernantes, amigos? ¿Cómo hacerlo con miles, con millones? ¿Se puede?
Veo la necesidad de cuidar, de proteger, de evitar que mi hija sea abducida por este mundo con realidades tan espantosas. O que al menos salga con las herramientas necesarias para entenderlo. Para no vivir en estado de alerta.
Hace unos días estuve en el show de Silvio Rodríguez en el Antel Arena, en Montevideo. Cantó algunos temas nuevos y otros de siempre. Algunos de autores ajenos. Entre todo esto, cantó Eva:
El tema lo editó Silvio en 1989, en el disco Oh melancolía. Más de treinta y cinco años después demasiadas cosas cambiaron, pero increíblemente otras parece necesarias volver a decirlas. O a cantarlas. Y a celebrarlas como novedades. Tal vez por eso, como nunca vi en los treinta años que llevo viendo a Silvio en vivo en estadios, teatros y festivales, mucha gente haya necesitado aplaudir el tema de pie, con emoción.
Desde que nació, me pregunté cómo podríamos proteger a nuestra hija de tantas cosas aberrantes, y no tuve respuesta. La ESI es buena, claro. Para muchas cosas. Pero la ESI no resuelve los problemas de una sociedad. De un planeta entero.
¿Se puede proteger a una hija para que no salga en las noticias? ¿Hay que protegerla? ¿Y cómo se hace?
Sigo sin saberlo. Pero algo que no llega a ser una revelación apareció hace dos años, cuando nació Simón. Cuando empecé a verlo, a verlo crecer. A verlo ser.
Acompaño a Margarita a su clase de cerámica, por la misma vereda en la que aquella vez aceleré para llegar a tiempo al jardín.
–Cuidado –le digo–. Hay mierda.
Margarita pega un salto, se da vuelta, mira el piso.
–¿Por qué hay gente que no levanta la caca de su perro? –me pregunta.
Le digo que no sé, ensayo un falta de educación, pero no sé si me entiende. Le digo que también es costumbre. Me quedo callado unos metros. Después vuelvo. Le cuento que cuando era chico nadie, o casi nadie levantaba la caca del piso. Que no sé si existían las bolsitas esas para juntarla, pero que de todos modos no se hacía. Que en algún momento eran tantos los perros y tanta la caca de perro que en algún lugar del mundo se pensó en que había que juntarla, y se puso como algo común. Como algo que hay que hacer. Por todos. Para todos. Que en algunas ciudades está reglamentado y penado. Que lamentablemente todavía hay gente que no lo entiende, pero que confío que eso va a cambiar, que su generación es más consciente de eso y de muchas otras cosas, y que ella va a poder ver una ciudad más limpia.
–Para mí –dice– habría que llevar a la cárcel al que no levanta la caca.
Cuando sos papá de un varón, de un hombre, también hay miedos. Algunos son los mismos. Otros son diferentes. Hay uno que se distingue: miedo a que sea uno de esos.
Veo hacia atrás y repaso acciones, momentos, relaciones, palabras, gestos, risas. Lo que hice, lo que no hice, lo que debí haber hecho.
Creo que tuve suerte y nada más que suerte. Suerte de haber nacido en esta familia, de haber ido a esa escuela, a ese club, a esos campamentos, de haber crecido con estos amigos y estas amigas, de haber encontrado esta pareja, de haber formado esta familia.
Creo que no fue suerte sino otra cosa, pero no sé cómo llamarlo. Sí creo que podría haber sido diferente. Que el mundo estaba listo para que todo fuera diferente para mí y para los que me rodearon.
Y a pesar de todo, entiendo que no soy diferente, que soy uno más. Uno que cuando camina por la calle puede paralizar a una mujer.
Marga y Simo juegan a las escondidas, a los bloques, a la pelota, a la casita, a la familia, pintan, leen, lloran, se divierten, besan, abrazan. Los veo y veo –creo– que la cosa está ahí. En que no tengan que pensar en esto que pienso yo. En lo que está bien y lo que está mal. En cómo ser, en cómo no ser. Que sea natural. Que sean. Sin lastimarse. Sin lastimar a nadie.
A veces soy optimista.
Sigo sin tenerlo claro, pero necesito confiar en eso. En nosotros y en él. Que no termine siendo protagonista de lo que leo en los diarios, que no sea como los que leo o escucho en las redes, los que forman agrupaciones de varones unidos por la camaradería peneana. Que no le toque el culo a su compañera ni mande videos de chicas a sus amigas ni opine de cuerpos que no son el suyo ni mande a callar a nadie por creerse supremo. Que no se burle. Que no pegue. Que no cele. Que no hiera. Que entienda y respete el significado de la palabra no. Que cuando sea grande no tenga que pensar hacia atrás y repasar sus vínculos para ver si alguna vez hizo algo de lo que tiene que sentir cuanto menos vergüenza. Que la peor mierda que tengan sea la que levanten del piso.
Y que si quiere jugar a la pelota juegue a la pelota, pero si quiere bailar, baile, y si quiere escribir poesía, que escriba poesía. Que sea feliz. O que lo intente. Que lo busque. Que sus amigos sean libres como él. Es la única manera que se me ocurre, en la que creo: criar, acompañar de otra manera, mostrarles otra cosa, poder dejar atrás mandatos y miedos.
Y hablar de esto entre nosotros, entre todos. O escribirlo.




¡Qué bueno leerte por acá, Javier! ¡Abrazo!
Hermoso, palabras que emocionan